El pasado día 17 fui a ver al dios del Metal, Rob Halford, junto a su banda Judas Priest, en un concierto brutal.
No deja de sorprenderme que uno de nuestros dioses sea gay, no porque tenga algo en contra de la sexualidad de nadie, sino porque soy de los que opinan que el Heavy Metal, a pesar de los ideales de igualdad que puede llegar a promover, es un mundo que está un poco tintado por el machismo. Es un tema que da para largas horas de debate y en el que creo que no se puede tomar una posición radical. Por suerte hay quienes pueden dar ejemplo de que en la realidad se lucha para que no sea así.

Ni antes ni después del concierto faltó la presencia policial. No valoraré ahora la actitud de los policías, me limitaré a agradecer su preocupación por que no ocurrieran incidentes. Es normal que para eventos en los que se concentran miles de personas se pongan en marcha mecanismos de seguridad y servicios que pueden ser necesarios. Lo que quizás no es tan normal es que se limiten en esta ocasión a la seguridad y se olviden del resto. También hay quien consideró excesivo algunos cacheos muy minuciosos a todos los que entraban en el recinto antes de empezar el concierto.
Todavía no puedo creer que ante la llegada de miles de personas a un punto tan concreto no instalaran aseos químicos en la calle. Como resultado, antes y después del concierto, los bares de la zona tuvieron que soportar colas de gente que tan sólo pretendían usar el lavabo, y los vecinos el olor de los que ante la necesidad optaron por mear en la calle. Y es que alguien pareció olvidar que aquellos melenudos que acudirían al lugar también mean e incluso cagan, al igual que el resto de personas. Para los vecinos, los heavys pasaron por allí, mearon en sus calles, y se largaron.
Una vez dentro del recinto, a pesar de estar en la zona de más ambiente, no llegué a notar el calor que he sentido durante otros conciertos. Sí, habían heavys dispuestos a entregarse al espectáculo, pero también habían muchos “falsos heavys” que esperaban simplemente ver la imagen estereotipada de concierto de metal que tienen. No me refiero a los que no llevaban pintas de heavy, el hábito no hace al monje, sino a otro tipo de individuos como el que se limitaba a pedir en alto más caña, mientras sonaban grandes clásicos, alegando que se estaba durmiendo.
Son este tipo de personas las que me preocupan, aquellos que tienen una imagen distorsionada del Heavy Metal y que son capaces de decir y hacer barbaridades para sentirse más heavys. Son ellos los que no tienen constancia de lo que nuestro rollo supone, y los que hacen daño desde dentro. Y a pesar de lo que muchos puedan pensar, estos no tienen porque ser quienes no lleven ninguna simbología de nuestro rollo.

Se podrían plantear muchas soluciones, algunas más efectivas que otras. Personalmente me decanto por aquellas que apuestan por unir más a nuestro colectivo, eliminar los prejuicios que algunos tienen hacia heavys jóvenes por desconfianza en la capacidad de poder entender nuestro rollo, y, sobretodo, no permitir actuar a quienes tienen interés por dar una imagen de nosotros que no se corresponde con la realidad.